Todo bien dispuesto, una mesa bien sencilla, dos tazas, un poco de pan y un par de cosas dulces, de esas que normalmente disfrutaba por las tardes. Miro todo con nostalgia, como si me despidiera por adelantado de todos los detalles, de lo feliz que era hasta hace un par de horas.
Bebo un poco de mi té, te miro y me pareces despreciable, sí, despreciable. Tu paz, esa parsimonia con la que dispones cada cosa, el modo en el que cortas queso o me ofreces pan. Qué diabólico me parece lo que haces, tener todo predispuesto, actuando con falsa simpatía para luego disparar. Jamás esperé algo similar de ese momento, sabía bien que nada es para siempre, pero confiaba en tu criterio, en esa empatía de la que me había enamorado.
Tomas mi mano, me erizas cada pelo y de paso destruyes todo lo que pensaba hace un momento. Tus labios estaban prestos a romper cada espacio de mi cuerpo; yo, comencé a llorar, ya no soporté la idea de escucharte, de estar frente a tu rostro y no besarlo. “Hey, escúchame, es importante”; “Okey, lo siento, es sólo un poco de estrés” afirmé con la cabeza, mientras secaba mis ojos con una servilleta que habías dispuesto bajo un plato. Una vez que terminé, subí la mirada, encontré la tuya y tuve el valor de guardar silencio y enfrentarme a tu declaración.
Tú, decidido y empoderado, sonríes, amplias el ceño y luego dices: lo he pensado bien, muy bien y quisiera que tuviéramos un hijo –te corriges- o hija, da igual. Sé que aún no podemos, pero si todo sale bien en marzo se aprobará la ley. ¿Qué te parece?
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