Necesitaba un haz de luz, un golpe de coraje, porque no tenía el valor de quitarte de ahí, porque bien sabía que no tan sólo te quitaría de mi cama, sino de mis días, irrevocablemente.
¿Era el momento prudente de hacerme un mea culpa? Bajo tu cuerpo sudoroso y firme, ¿debía arrepentirme y culparme por todo lo que había hecho para llegar a esta situación? La respuesta se aparecía tan clara frente a mí, se me enrostraba como una verdad inescindible y de haberlo hecho, de haberme martirizado en aquel instante jamás me lo hubiera perdonado.
Qué fácil resulta perdonar al resto en comparación al tiempo que toma perdonarse a sí mismo, al parecer tenemos mayores expectativas en nuestras propias decisiones pese a que algunas veces no debiera ser así.