Qué más podía hacer en aquel instante hostil, qué otro camino me quedaba para no volverme víctima de mi, qué lugares o personas tendrían el mérito de hacerme olvidar la soledad. ¡Maldito jueves inerte!
Decidido a vencer a mi absurda desazón, me recosté sobre la cama, cerré los ojos y pensé en todo lo que deseaba de esa noche, imaginé tu rostro pensando en mi, vi a tus dedos marcando el número de mi teléfono, escuché tu voz, como siempre casi susurrabas, preguntabas de lo trivial, hablabas poco, asentías rápido, después de todo, tu objetivo era otro. Me decías cuánto me extrañabas y terminabas por preguntar si aún la hora era prudente para concertar una visita.
Yo, ansioso pero consciente del rol y los riesgos que tomaba, te di un sí sin vacilaciones, sólo quería verte, ya nada me importaba, esa era la verdad. Tomabas tus cosas, sabiendo que esa noche no la pasarías en tu cuarto, te mirabas con desconfianza frente a tu espejo pero bien sabias que esa noche tu apariencia, poco importaba. Raudamente- mientras tú venias- lavaba mi rostro, intentaba ordenar el embrollo que tenía en mi cabello, lavaba mis dientes con paciencia y juzgaba la ropa que llevaba conmigo.
De pronto, antes de lo que pensaba, mi teléfono sonaba, estabas acá, subías a mi casa y venias con ese chocolate que tanto he deseado. Abro mi puerta, ahí estabas, con tu espalda curva, con tus ojos pequeños y sonrientes, con tu cuerpo enjuto exclamando por un beso. Huelo tu aroma y siento nuevamente que respiro, olvido de un momento a otro todo atisbo de duda o de inseguridad, te llevo hacia mi cuarto con la certeza de que hago lo correcto y de una vez por todas, me abrazas para no soltarme más.
Qué lindo que es soñar ¿y soñar no cuesta nada?
1 comentario:
(#)
Publicar un comentario